lunes, 1 de septiembre de 2014

La 'espantá' o cómo maltratar a una madre


Lo mejor para que los demás conozcan el malvivir en el que andas inmersa y que tus quejas y tu bipolaridad no son fruto de una locura transitoria sino de un agente externo en forma de pelirrojos hiperactivos, es pasarle el marrón y dejarlos a solas con el objeto de tu mala vida, es decir, con tus amados retoños, como al que lo dejan en una habitación a oscuras con una cobra constrictor. A traición.

A mi favor he de decir que no fue por maldad sino por necesidad -una necesidad de fiesta, pero una necesidad al fin y al cabo- el hecho de que mi hermana y yo le dejáramos los retoños a mi madre, los tres, así sin anestesia ni receta de ansiolíticos, pero con un poco de gustillo, que todo hay que contarlo, para que sufriera en sus carnes a los dos pelirrojos con su día y su noche, mientras en su cabeza resonara el 'hija mía no será para tanto', que me suelta cuando entro en maratón de queja sin fin.

Así que a la pobre criatura le soltamos a los tres, a bocajarro, con el valor añadido de que el primísimo y la pelirroja se llevan a matar y que Cigoto -que ése es otro tema que da para un libro de dos tomos- ha empezado a andar, ampliando el campo de hacer maldades y de coquetear con una muerte violenta.

No sé si fue el hecho de que no se durmieran hasta la una y media de la madrugada saltando en la cama como monos cocainómanos, o que cuando se durmieran la cosieran a patadas sin compasión haciéndola huir de la cama y de una rotura de cadera asegurada, o que se mataran vivos por ver quién se colocaba al lado de Cigoto hasta que Cigoto se despertaba y huía a aporrear la vitrina con un zapato a las doce de la noche o a encerrarse en el baño con un ataque de ansiedad preescolar, o que mi padre les comprara un walkie-talkie que hacía el ruido de un reactor nuclear y tenía aterrorizado al vecindario, o que Cigoto gustara de deslizarse y tumbarse en la segunda planta de la mesa de cristal de centro como Tom Cruise en Misión Imposible jugándose la vida y la epidermis o que arrancara la pintura de la pared y la saboreara como un manjar prohibido o que mi hermana y yo el echáramos cara al asunto y no apareciéramos hasta las seis de la tarde... la cuestión es que cuando llegamos, la mamma no sólo había perdido las ganas de vivir sino que había menguado como diez centímetros de altura y tenía ojos de cabra.

Cierto es que ahora sabe lo mal que vivo y eso reconforta, pero por otro lado tengo un sentimiento de culpa la mar de malo porque ahora que ha mirado a los ojos al abismo, igual nunca puede recuperarse, como el que es testigo de un suceso violento o vio a Rappel en tanga de leopardo. Un drama.


lunes, 25 de agosto de 2014

Noches de verano y otros terrores



Como este verano estábamos ávidos de emociones, decidimos meter la cama de la pelirroja en nuestro cuarto, entre la de matrimonio y la cuna del hermanísimo, como si estuviéramos en una casa de vecinos de la posguerra o en el dormitorio de Charlie el de la Fábrica de Chocolate, hacinaditos y compartiendo patadas nocturnas y ronquidos, cual familia bien avenida.

La idea me vino en uno de esos días en los que el cerebro no me riega bien y me descubro lanzando propuestas terribles con las que al final acabo perdiendo las ganas de vivir.

En este caso, la cosa estaba justificada porque en el cuarto de la niña no hay aire acondicionado y hace un calor nivel Sáhara a las cuatro de la tarde y me parecía un pelín feo tenerla ahí a la criatura derritiéndose sobre la almohada como los relojes de Dalí, mientras el pater, Cigoto y yo dormimos al fresco, lampando por una neumonía triple.

Y la otra razón, que acabó por decidirme –que todo hay que contarlo- es que tengo los ojos tan hundidos que ya están más cerca de la nuca que de la nariz a causa del maldormir y el malvivir en general, eso sin contar la cara –la mirada y la mente- de loca, la chepa de agotamiento extremo y el sueño eterno, así que tener una opción que me librara de pronto de los viajes nocturnos a la cama de la pelirroja –dando traspiés como un borracho de feria- porque tiene susto o quiere agua o está hablando dormida, era una apuesta segura para dormir un poco mejor, que mejorar lo que ya tenemos tampoco es difícil.

Pero nada más lejos de la realidad. Como todas las ideas que se nos ocurren, que en lugar de ayudarnos a levantar cabeza nos la terminan de encajar en el malvivir, como si estuviéramos predispuestos por una extraña vocación de sufrimiento o una maldición gitana.

Así que ahora, efectivamente, no he de levantarme e ir de excursión al cuarto de fuego porque la pelirroja está allí al ladito del pater, roncando y con tirabuzones sobre la cara, y todo es felicidad, hasta que en plena noche se despierta y decide lanzarse en plancha sobre nosotros, así sin previo aviso y como en un partido de rugby improvisado, a las tres de la mañana cuando yo acabo de alcanzar el REM y no sé si voy o vengo, la cabeza y medio tronco partiéndome mi cintura de un golpe seco y el resto del cuerpo sobre el del pater, que ya ni se despierta, acostumbrada la criatura al maltrato nocturno y, claro, unas piernas no son una cabeza artificialmente endurecida a base de cuatro yogures diarios.

Y después de los sustos iniciales y de recolocarnos, tomando nuevas posiciones y cambiándonos todos de sitio como en el juego de las sillitas o en una película de Luis de Fune, volvemos a dormir o a intentarlo hasta un nuevo ataque de la pelirroja ninja… que ahora entiendo la mala cara que tiene el pobre ratón-oso-raruno de Imaginarium con estas noches infernales que pasa con la primogénita desde el inicio de sus días.

Pero ahí no queda todo. El pelirrojo no lleva nada bien haber sido desplazado hasta la pared y que ahora su cuna no linde con el pater sino con la cama de la pelirroja a la que no puede ni ver.

Así que cada vez que se despierta se sienta en la cuna y pega la cara entre los barrotes, como Jack Nicholson en el El Resplandor, y cuando ve a la pelirroja allí tumbada, entra en bucle de enfado y nos toca sufrir su llanto furioso sin fin, para protestar por el ultraje al que ha sido sometido.

Por el contrario, si en uno de los bailes regionales nocturnos que nos traemos, acabo yo o el pater en esa cama y Cigoto nos echa el ojo en una de sus vigilancias de madrugada, vuelve a tumbarse, se coloca el chupete y se duerme hasta la próxima ronda.

Así que ahora le pongo la chichonera por ese lado de la cuna para que no pueda guispar a la pelirroja y se crea feliz junto al pater, aunque tampoco es que haya sido la  idea del siglo, primero porque me obliga a ponerme en pie y acercarme a la cuna de vez en cuando para ver si Cigoto sigue respirando –sí, aún seguimos con eso- porque ahora con la chichonera no le veo la cara, y segundo porque cuando se despierta y trata de iniciar su ronda de vigilancia y se encuentra con el invento, lo arranca con furia y se lo lanza a la cara a la pelirroja, quien, si no me doy cuenta, acaba durmiendo con el enguatado sobre la frente y sudando como un pollo, más aún que cuando estaba en el dormitorio del fuego eterno, aunque con el armonioso fondo acústico de los gritos del hermanísimo exigiendo volver al lugar que merece.

Pues eso, que ahora los ojos se me han hundido tres milímetros más.

lunes, 18 de agosto de 2014

Los superpoderes de Cigoto

Cigoto, además de malvado, es un tipo listo. No listo, listísimo, aunque eso sí, sólo para tareas malvadas que le dan satisfacción a su instinto aventurero y me cargan a mí los niveles de estrés hasta el infinito y más allá.

Imagino que parte de este poder destructor viene dado por aquello de ser el segundón y de tener que buscarse la vida en más de una ocasión al compartir infancia con la pelirroja y los visionados en bucle de las princesas Disney y, claro, la criatura tiene que ir por libre e improvisar para darle algo de emoción a su existencia.

Así, antes de cumplir el año, era capaz de desenroscar cualquier tapón cerrado con fuerza media, por lo que lo mismo te abre una cocacola y –para mi terror- se bebe la mitad escondido detrás del sofá para inyectarse una dosis Premium de caféína, que te abre el tapón de una garrafa de aceite y te la vuelca en todo su esplendor sobre el suelo de la cocina.

O como hace unos días, que lo pillé comiéndose la pasta de dientes de Kitty de la hermana, perfectamente abierta y estrujándola como un adulto para no dejar ni una pizca, como si estuviera degustando caviar iraní y me costó perseguirlo por toda la casa para poder arrancársela y dejarlo llorando como una magdalena con la boca llena de flúor y eso sí, unos dientes súper blanqueados.

Otro de sus superpoderes le hace ser capaz de subir, bajar, escalar, escapar y saltar prácticamente de cualquier sitio por muchos cierres de seguridad homologados que tenga o muchas barricadas caseras improvisadas que nos hace parecer que estamos de continua mudanza o en pleno registro del FBI.

Y no sólo eso, Cigoto es capaz de encender el ordenador y moverse con el ratón por la pantalla y pasar las fotos del móvil. Si le das unas ceras y un papel pinta sus garabatos y cuando la hoja ya está emborronada, la pasa con sorprendente delicadeza como una maestra antigua y relamida, y sigue coloreando con dedicación.

Aunque a él lo que más le mola son las maldades, como ayer mismo, que lo tenía en remojo en la bañera, dentro de su sillita de seguridad, con el chorro saliendo del grifo para entretenerlo, mientras yo trataba de fregar el lavabo corriendo como las locas antes de que se hartara del invento y él se peleaba con los botes de champú y las barbies flotando a su alrededor. Bueno, pues mientras yo fregaba como si me hubieran dado cuerda, de pronto noté un chorró a presión de agua en el cogote, me giré aterrorizada y me vi –entre los chorros de agua como una Carmen Maura venida a menos- a Cigoto, que había sido capaz de levantar el tapón de las dos mil toneladas que además siempre se atasca, para que el agua saliera por la alcachofa, pero eso sí, desenroscándola antes para que no saliera disparada como una serpiente venenosa. Y ahora la levantaba entre sus minimanos blancas y malvadas mientras ponía chorreando todo el cuarto de baño nivel tirar rollos de papel higiénico, las revistas y tener que poner dos toallas grandes en el suelo para calmar la inundación, eso sin contar la ducha escocesa a traición y los lavados nasales a los que fui sometida hasta que logré arrancarle el mango y la sonrisa maquiavélica de la casa.

Pues eso, que notario no sé, pero pandillero seguro.