miércoles, 16 de abril de 2014

Perro viejo o cosas que sé desde que soy madre. Parte II


1.- Cuando vayas a llevar a tus hijos al zoo o le vayas a comprar una bici nueva, cállate y no digas nada hasta que sea el día D a la hora H. Que sí, que tú crees que lo que más mola de estas cosas es la ilusión de la espera, pero no. Ni mijita. Ni un poco. Tendrás que escuchar cada minuto de cada hora de cada día y de cada semana hasta que llegue el gran día, las súplicas de los retoños lampando porque cada momento sea el momento, incluida la noche y la madrugada cuando ya estás al borde de la muerte.

2.- Mantente alerta. Incluso en los momentos más agotadores. Sobre todo en ellos. Los niños son niños pero de tontos no tienen ni un pelo que para eso están aún sin socializar y son más animales que nosotros –vale, llamad a Prodeni- y están siempre al acecho cual cazadores ávidos de hincarnos el diente. Así, aprovecharán cuando estés KO en el sofá a las cuatro y media de la tarde de un viernes dando cabezadas como una octogenaria para preguntarte si le vas a comprar el Telescopio de Imaginarium. Y tú que no sabes ni dónde estás ni si tienes un exámen de Física y Química de 2º de BUP o las clases de Spining que dejaste en 2010, prometes lo que haga falta para que te dejen dislocarte el cuello un rato más contra el brazo del sofá. Y, claro, esas deudas luego hay que cumplirlas.

3.- No es lo mismo un niño que dos. Ni dos que tres, Ni tres que cuatro. A más niños, más malvivir y quien diga lo contrario miente o tiene nanny filipina. Así que no te dejes llevar por el momento de madre Martha Stewart y montes una fiesta de pijamas con dos millones de niños. Que mira que estas cosas sólo son divertidas la primera hora y media y que la Seguridad social ya no receta los ansiolíticos de marca.

4.- Lo del nivel Martha Stewart vale para todo. Que sí, que a ti te hace mucha ilusión vestir a tu niña de bruja del Oeste de El Mago de Oz para Halloween o de Miércoles de la Familia Adam y tunearle un traje molón para dar el golpe, pero si la niña lo que quiere es un traje de bruja/furcia de los chinos que vale 5 euros o uno de Pantera Rosa que da dentera con sólo mirarlo, a volar. Eso que te llevas. Ella contenta con su traje y tú con el tiempo que te ahorras fingiendo que sabes coser. Disfrútalo. Si luego la niña va hecha un adefesio, échale la culpa al padre.



martes, 15 de abril de 2014

De infancias mágicas y palomitas de maíz



Ser madre es una tarea agotadora y no sólo por todo el trabajo que genera, que es más que el de la KGB y la CIA juntas en los años 60, sino porque además, implica una serie de obligaciones añadidas que generan todavía más estrés y agotamiento, como si no fuera ya bastante la falta de sueño, de vida social y de equilibrio hormonal, como para andarse una gastando las pocas energías libres en otras cuestiones que no son de mera supervivencia.

Pero la maternidad es lo que tiene, que te llena de endorfinas y te nubla razón y al final te ves obligado por tus meras neuronas de madre, las revistas de padres, los cantajuegos y la web de Martha Stewart a hacer de una madre que vela porque sus hijos tengan una infancia maravillosa como sacada de un cuento de hadas o de un libro de Carlos González, obviando, claro está los ataques de locura transitoria y gritos indiscriminados de toda malamadre agotada que se precie.

Precisamente, hace un par de días, leí precisamente un artículo donde una madre se quejaba de estar hasta el moño de hacer que la infancia de sus hijos fuera mágica en lugar de hacer como su madre y su abuela, que querer querían a sus hijos, pero los criaban sin ese frenesí de clases bilingües, funciones de ballet y fiestas de pijamas… Y mire usted, el artículo era una ruina, pero la señora tenía algo de razón.

Yo, desde luego, con estos pelos de loca y este sinvivir tan malo que me traigo entre manos no sé si soy puedo ser ejemplo de nada –de nada bueno al menos- pero lo cierto es que también soy de las que se ve obligada a hacer cosas molonas más que generarles una infancia mágica al pelirrojismo, para fingir que lo pasamos muy bien y somos gente muy creativa, como cuando quiero sentirme Carrie Bradshaw y me pido un Manhatan en un bar cuando sé que sabe a rayos y yo lo que quiero es pedirme un vodka con red bull como una quinqui de bien.

Pues eso es lo que me pasa más o menos con la maternidad, que a veces se me ocurren ideas fabulosas de ésas que huelen muy bien pero que saben muy mal como hacer trabajos manuales con la pelirroja y luego todo es purpurina en las pestañas, pegamento en el sofá y recortes de papel charol en la boca de Cigoto o cuando es Navidad y pongo villancicos de Sinatra y montamos el árbol y al final todo son bolas rotas y burrito sabanero o cuando jugamos a las señoras y me quedo con media melena de menos atrapada en el peine de plástico fucsia de la Barbie Siempre Bella.

De ahí, que hace unos días se me ocurriera enseñarle cómo hacíamos antes –y cuando digo antes se me pone cara de vieja cebolleta- las palomitas de maíz y en lugar de la siempre cómoda –e insana, me da igual- bolsa de microondas, compré granos sueltos, dispuesta a disfrutar con el pelirrojismo de esta experiencia maternofilial.

No sé si lo que estropeó la mágica experiencia madre-hija fue el hecho de que me saltara una palomita hirviendo en el ojo, que al mover la olla para que se no quemaran, la tapadera saliera disparada y hubiera lluvia de palomitas por toda la cocina o que el pater estuviera a punto de perder tres cuartas partes de la pantorilla del golpe con efecto de la tapadera volando hasta el salón a la velocidad de la luz y a 200 grados centígrados.

Así que la niña acabó viviendo una experiencia más tipo Tarantino que Martha Stewart, pero ella estaba encantada de la vida comiendo palomitas achicharradas del suelo como si no hubiera un mañana… que se ve que la magia no siempre tiene que ser blanca. Hombre ya.

lunes, 14 de abril de 2014

Semana horribilis


La Semana Santa es una cosa muy mala. Sobre todo si vives en el centro y estás rodeada de recorridos oficiales, extraoficiales y oficiosos, casas hermandades, iglesias centenarias y parroquias con agitada vida pastoral. Y lo que es peor, dos millones de fieles fervorosos locos por plantarse en una esquina y quedarse allí hasta el día del juicio final sin dejar que nadie pase, ni aunque le esté dando un infarto de miocardio, que para eso llevan guardando el sitio dos horas con sus bocatas de salchichón y sus paquetes de atramuces –cuyas cáscaras escupen al suelo como llamas chilenas- como para que ahora venga un listo y pretenda dar guerra quedándose tieso antes de que pase la banda de música de Almogía.

Yo, personalmente, trato de huir de la Semana Santa, cerrar los ojos muy fuerte como cuando se te viene a la cabeza algún pensamiento horrible de ésos que me dan desde que soy madre -y me invento que estoy en un crucero y se hunde y tengo que tratar de salvar a los pelirrojos- para hacer como que me lo estoy inventando pero por mucho que los cierre, los tambores de los orcos se escuchan desde el salón y a la niña se le vuelven los ojos de la emoción y ya hay súplicas en bucle hasta que me gana por agotamiento.

También, antes de que empiece el frenesí, planeo atrincherarme tras el sofá hasta el Domingo de Resurrección, alimentándome sólo de mendrugos si hace falta y dejar pasar los días en silencio para que nadie me huela siquiera, pero claro, una tiene una familia, que es semanasantera como la que más, y por mucho que trate de hacerme invisible y esconderme haciéndome bola como una cochinita, mi casa tiene teléfono y portero electrónico y funcionan y, claro, no me dejan vivir.

Así que por mucho que lo intente, siempre acabo tirada en la calle a deshora, con la mala cara de Courtney Love, ensordecida gracias a la trompeta de plástico de la pelirroja que emite sonidos del inframundo, aplastada por tres millones de personas enfurecidas, controlando que la niña no se me despiste y acabe aplastada por un trono de tres mil toneladas y con un algodón de azúcar del tamaño de Brasil pegado en el pelo.

Si es que esto no es vida.