lunes, 2 de marzo de 2015

Cinco maneras de morir cuando se es madre


Ser madre es un trabajo de riesgo como ser de piloto de Fómula Uno, supervisor de una central nuclear o minero del carbón y si encima una es madre múltiple las posibilidades de terminar el día con los estertores de la muerte aumentan. Y si el pequeño es un pelirrojo con vocación de líder de banda colombiana y la mayor una pelirroja con los biorritmos en negativos amante del baile y de la sordera opcional y pesada como una vaca en brazos, mucho más. Muchísimo.

He aquí algunas de las maneras posibles de morir para toda madre de bien:

1.- Atragantada. Te quejabas de que tus comidas eran malas en el embarazo cuando tenía que dejar el tenedor y salir corriendo a vomitar y echar el instinto maternal por la garganta, pero eso era antes de saber que comerías con el niño-mandril encima, metiéndote las manos en la sopa, lanzando contra la pared tus trozos de brócoli y tirando el vaso de agua sobre la ensalada y la copa de vino sobre tu blusa preferida. Cierto es que también puedes dejar a la bestia suelta casa arriba y abajo, pero será casi peor que cuando tengas el trozo de pechuga de pollo tristérrima a punto de ser tragado, se escuche un ruido de detonación de edificio seguido de un llanto desconsolado. Al final acabáis en urgencias sí o sí, bien porque el niño se ha abierto la cabeza o porque te has tragantado o has perdido el conocimiento, el poco que te quedaba.

2.- De hipotermia. Bañarse con los niños es algo muy de anuncio, como también lo son la regla, los audífonos y las dentaduras postizas que salen en los anuncios como si fuera la ilusión de tu vida, con bailes de salón y risas en barbacoas y en realidad son una cosa muy de deprimirse. Pues con el baño igual. Sobre todo si eres de las que te gusta el agua caliente-hirviendo y a tus hijos el agua de hielo descongelada. Y da igual que te niegues a bañarte con ellos, si tienes un pelirrojo maligno aprovechará que estás con la cabeza enjabonada y cantando como si no hubiera un mañana, para lanzarse cabeza abajo a hacerte compañía y comerse la esponja. O si no, alguien querrá lavarse los dientes y te dejará el chorro helado o ardiendo o querrán hacer caca o pipí o cualquier cosa que te evite un baño relajado y te deje muerta de frío arrinconada en la ducha.

3.- De un infarto cardiovascular mientras estás durmiendo tus míseros tres cuartos de hora seguidos que te concede la maternidad, abrir los ojos involuntariamente y encontrarte a la pelirroja clavándote las pupilas y respirándote a la cara o, en su defecto, que el pelirrojo te caiga sobre la cintura desde la cuna haciendo un triple mortal con tirabuzón.

4.- De falta de sueño. A lo anteriormente descrito podemos sumar los llantos nocturnos por enfermedades varias, miedos, pipís o, básicamente, ganas de dar guerra –por no decir otra cosa- y el dolor personal tipo ‘me estoy convirtiendo en una alcayata’ de estar cuatro metidos en una misma cama a empujones como si estuviera una en la salida del Cautivo un Lunes Santo cualquiera.

5.- De un infarto cerebral por estrés ante la parsimonia nivel industrial de la primogénita, a la que hay que primero decirle, luego repetirle, posteriormente gritarle, y al final chillarle y amenazarle cual bruja loca para que, por ejemplo, se lave las manos o termine los deberes de las narices o se ponga los zapatos, aproximadamente dos horas más tarde de cuando tenía que haberlo hecho…

(…)

lunes, 23 de febrero de 2015

Cinco años no es nada...



Como el hermanísimo además de ser una bomba de relojería que en cualquier momento o en todos los momentos, hace saltar por los aires nuestro bienestar –si es que alguna vez hemos tenido de eso- no tiene todavía dos años, a veces se me olvida que la pelirroja también es pequeña. Muy pequeña. Aunque se pinte los labios mejor que yo y exija ir en tacones de Frozen a los cumpleaños de los amiguitos, dando traspiés como un travesti amateur.

Se me olvida cuando me despierta en mitad de la noche respirándome en la cara porque tiene ‘zuzto’ y me vuelvo muy loca y le digo que ya es mayor y que bastante tengo con el loco de Cigoto tirándose en caída libre sobre mi cintura con nocturnidad y alevosía como para tener a otra psicópata clavándome las pupilas a las tres de la mañana para matarme de un infarto.

Pero luego, cuando la meto en la cama para maldormir en pandilla o me voy a la suya con la esperanza de que se duerma en tres segundos y poder darle esquinazo más pronto que tarde, esto es antes de que me quede parapléjica con la postura de alcayata, aún con ojos pegados y la mala uva a flor de piel, me parto de la risa cuando me pega la cara al oído y me cuenta ‘ez que he tenido un zueño de mucho suzto de un moztruo muy grande que nos pizaba la caza con unos dedoz muy gordos y con una uña zusia zusia que me raspaba la cara’ alternando el ceceo de pueblo de las montañas con el seseo de Mari de extrarradio y temblando al recordar la gigantouña sucia raspadora.

O cuando por un descuido vio un documental de la 2 –que esos son menos recomendados para la infancia que Sálvame Deluxe- y desde entonces le cuenta a todo el que la quiera escuchar que los lobos salvajes te comen la carne de los huesos de un bocado.

O cuando la acuesto y me dice que me quiere ‘desde cien a cien a cien, doscientos o mil’, que se ve que es como una barbaridad aunque no sé si tanto ‘como un millón o cien montañaz o un corazón de brillantez lleno de amor y brillantez’, que se ve que sin brillantes no puede haber amor que valga.

O como cuando hace unos días le dijo a la mamma que yo estaba siempre guapa porque echo muchos polvoretes... Para que después de morir de un infarto cerebral frente a la mirada ojiplática de mi pudorosa madre, añadir que son 'roza fuerte y ze echan con una brocha precioza'.

O cuando llegó del colegio muerta de la risa para contarme que un amiguito ‘que eztá loquízimo’ le había dicho que los bebés ‘zalen por el culo’. ‘Yo ez que creo que ez muy pequeño y zu madre no ha querido azuztarle diciéndole que zalen por el ombligo con una magia y el pobre ze ha creído que zalen por el culo como la caca y el pipí. Qué tonto ez ¡si ezo es una locura!’ Y se muere de la risa.

lunes, 16 de febrero de 2015

San Valentín y otras fantasías



A mí me gusta San Valentín. Para qué voy a engañar a nadie. Me da igual que lo inventara El Corte Inglés que para eso inventó también lo de cambiar el artículo por el dinero y no he escuchado a nadie quejarse. Y para eso mi madre tiene la tarjeta de cliente y vive empadronada entre la cafetería y la sección de charcutería del supermercado por lo que tenemos establecidos lazos y vínculos especiales como para andar rechazando las fechas que nos señalan como importantes. Un respeto. Eso sin contar con que hay regalos, vino y achuchones. Vamos, que estaría feísimo mirar para otro lado. Más con esta vida perra que llevamos entre baños, deberes y visitas al Materno en horas intempestivas. Que una se merece un chance.

Sin embargo, con esto de la maternidad doble, San Valentín no es lo que era, vamos, que ni siquiera se le parece por mucho que una ponga de su parte, se haga la plancha y finja no dormirse durante la cena y abrirse la cabeza contra el jarrón de los tulipanes.
A ver, que yo quiero ser romántica y todas esas cosas, pero es que no me da la vida y al pater, la pobre criatura, tampoco. Que desde que nació Cigoto ha perdido seis kilos y el brillo de la mirada y ahora en lugar de ir a catas de champagne va al parque de columpios a ver descalabrarse a los niños tobogán abajo.

Pero nosotros fingimos. Y a veces hasta nos lo creemos y nos ilusionamos con un día para nosotros aunque sea con los pelirrojos dando vueltas a nuestro alrededor  como peonzas borrachas. Y nos compramos nuestros regalos y nos damos nuestras sorpresas aunque una no pueda sorprenderse mucho rato porque justo cuando descubre su regalo, descubre también a Cigoto encima de la mesa del comedor dispuesto a lanzarse al vacío y hay que ir al rescate o a ponerle a la pelirroja el juego de cortar uñas de la tablet –un ascazo de juego- y al final no podemos hacernos mucha fiesta. No mucha en solitario al menos.

Y aunque nos preparemos una cena para dos, al final es Cigoto quien se come mi plato y la primogénita la que da arcadas al ver el solomillo sangrante del pater y cuando con el romanticismo de la canción de ‘El pisotón del Dinosaurio’ de Peppa Pig de fondo, el pater me da la mano, hasta me da la risa de comprobar lo grandullona que es, acostumbrada a la mano pequeñita y pegajosa de los pelirrojos.

Y recordamos cuando estas fiestas la pasábamos en solitario y en hoteles chachilones de postín, dándole al amor y a los arrumacos y ahora nos vemos disfrutándola en pandilla hacinados en el sofá cobijados por una manta y viendo Canal Disney en bucle.

Pero es entonces cuando el pater desliza su gigantomano bajo la manta y coge la mía y nos miramos furtivamente como si tuviéramos catorce años y miramos a los pelirrojos que se parten de risa con el abuelo Rabbit y entonces me doy cuenta de que no ha habido mejores sanvalentines que estos. Aunque sean en grupo.