domingo, 3 de mayo de 2015

Me gusta ser mamá


Me gusta ser mamá y despertarme cada mañana rodeada de bracitos regordetes y tirabuzones rojos aunque no me hayan dejado pegar ojo en toda la noche.

Me gusta ser mamá y ver películas antiguas con la pelirroja rodeada de mantas y palomitas y ver cómo se emociona como yo me emocioné a su edad. Y llorar juntas cuando ET vuelve a casa.

Me gusta ser mamá y llevarlos al parque y verlos correr felices toboganes abajo y hacer amigos y compartir sus chucherías mientras yo hiperventilo y me enorgullezco de mi prole a partes iguales.

Me gusta ser mamá y recogerlos del cole y que me reciban con mil besos y que la pelirroja me ponga al día de las intrigas palaciegas del patio del colegio y fingir que me interesan mucho y debatirlas como si fuéramos dos amigas tomando café. Y verla hacerse mayor en cada paseo.

Me gusta ser mamá y arreglarme estresada sabiendo que me esperan al otro lado de la puerta del baño con peticiones varias y que al salir me miren como si fuera una estrella de Hollywood, aunque no haya tenido peor cara en toda mi vida.

Me gusta ser mamá y poner la música a todo volumen y bailar con el pelirrojo que se me abraza a una pierna y cierra los ojos de la emoción y cantar con la primogénita por Pimpinela, cepillo en mano, y dejarnos la garganta en cada agudo como si se nos fuera la vida en ello. Y mirarnos cómplices al inicio de cada estrofa y sentirme parte de algo muy importante.

Me gusta ser mamá y descubrir que después de un mes luchando con los deberes, la nena empieza a tener una bonita letra y ahora es ella la que nos lee los cuentos antes de dormir. Y no he escuchado cuentos más bonitos en toda mi vida.

Me gusta ser mamá y ver cómo el pelirrojo aprende a decir cualquier cosa antes que mamá, pero que corre a abrazarme con los brazos en alto y gritando de emoción cada vez que entro por la puerta. Y con eso me basta.

Me gusta ser mamá y bañarnos juntos en la piscina y en la playa en un revuelo de cuerpecitos mojados y escurridizos y arañazos de manguitos y crema en los ojos y risas y más risas y sabor a verano y a felicidad.

Me gusta ser mamá y recibir abrazos interminables, achuchones y besos pegajosos con sabor a fresa después de un mal día. Y después un buen día también. Y saber que por fin estoy en casa. Aunque aun estemos en la calle.

Porque a pesar de todo, ser mamá es una pasada... ¡Felicidades a todas las mamás del mundo!

lunes, 27 de abril de 2015

La bondad de la prole y otros terrores



Una se queja -porque si no se queja no es una y además le sale un tumor cerebral de tanto estrés metido para adentro- porque sus retoños son unos malhechores que le tienen la casa como si hubiera sufrido un terremoto, porque hay que dejarse la vida y las entrañas para que recojan sus juguetes o hagan los deberes o se metan en la bañera sin decir esta boca es mía o dejen de complicarle a una la vida un domingo a las diez de la noche... y eso es para quejarse. Para quejarse y para ponerle una hoja de reclamaciones a la cigüeña por publicidad engañosa.

Sin embargo, a veces la prole se compadece de una, con esta cara de loca que se me está poniendo, siempre con los ojos chicos en plan furia nivel ocho, y trata de hacer el bien presuntamente para contentarme, y entonces la divina providencia y la cigüeña, unas hijas de su madre ambas dos, se parten de risa al ver los resultados de tanta bondad que generalmente son infinitamente peores que la maldad en sí misma. Un juego de palabras del destino, mire usted.

Como cuando en plan amor amor, para compensarme 'por todo lo que hacez' me confecciona un improvisado collar con un cordón de lana de color de rata muerta y cuatro presuntas estrellas de papel mal coloreadas y pegadas con pegamento de barra al cordón. Y me lo tengo que poner y me debato entre arrancarme cuatro capas de epidermis a rascones de lo que pica la lana o frenar el brote de dermatitis que me está dando del pegamento refregado por todo el cuello o hacerme la muerta para que nadie me vea haciendo el indio de esa manera. Pero luego en mitad del restaurante, con las estrellas pegadas en el pelo, descubro a otra pobre desgraciada que soportando el peso de dos millones de caracolas medio rotas combinadas con macarrones que lleva atadas al cuello, me mira con cara de cordero degollado desde la mesa de al lado, sufridora también de la bondad de sus hijos.

O cuando quiere agasajarme y me prepara unas galletas 'con todo mi amol' untadas en leche condensada y mantequilla y con una aceituna arriba, y cuando me ve poner cara de espanto me anima con un 'pero zi no tienen güezo ni bola -léase anchoas-' y es tanto el entusiasmo, que al final, aunque lleve dos semanas a dieta extrema y no me tomara ni una copa de vino en el cumpleaños de mi amiga, me jalo las dos mil calorías más asquerosas del mundo.

O cuando la nena para dar una sorpresa decide meterse sola en la ducha y echarse medio bote de mi carísima mascarilla en la coronilla para acabar con el pelo grasiento nivel no me baño desde 1997 durante tres semanas.

O cuando me meto en la ducha quejándome del desorden que hay en el salón, planeando calmar mi ira echándome veinte litros de agua hirviendo por la cabeza y la pelirroja entreabre la puerta para preguntarme cuánto me queda porque tiene una 'zuperzorpreza' para mí. Y yo que sólo quiero soledad y que aún no me he quitado las braguitas, le digo que se vaya, que aún me queda, y que yo la aviso. Pero no. Se queda allí, echándome el aliento por la rendija de la puerta como un psicópata y tosiendo de cuando en cuando para hacerse notar. '¿Cuánto te queda ya? ¿Ya te haz lavado la cabeza? ¿te estás peinando? ¿Cuándo vaz a zalir? Ez que eztoy ezperando...' Y al final cuando ya no puedo más de tanto estrés, me envuelvo en la toalla y salgo con los pelos chorreando como la Niña de The Ring para acabar con el martirio. Ella abre los ojos como un lemur cocainómano y me enseña el salón aparentemente recogido. Y digo aparentemente porque los gusanitos asoman por debajo del sofá, junto a los cortadores de plastina y los paquetes de aspitos que habrá empujado con el pie creando una microsociedad ahí abajo y detrás del cojín está la familia entera de Peppa Pig junto a un zumo a medio beber y el pañal que el hermano ha tenido a bien arrancarse ahora que está en plan nudista subversivo. Y claro, lo peor es que una no puede ni quejarse porque la criatura se cree que ha hecho un trabajo fino filipino y que te ha dado la sorpresa del siglo, así que ya no puedes solucionar ese desaguisado para no herir sus sentimientos.

Total, que no hay manera de ganar.

lunes, 20 de abril de 2015

De maternidades y agotamientos



La maternidad es una cosa muy de cansarse, como el spining pero en peor, porque en el spining además de que te ponen música y tienes a un tipo loco y vestido de majara dándote ánimos a grito pelado, al final logras endurecer los muslos y perder algún kilo y con la maternidad más bien los ganas, la música ambiental es la síntonía de Peppa Pig y el fortalecimiento de los muslos es una cosa que ni siquiera te planteas como los viajes al Caribe o las siestas de tres horas o de dos o de una, o más bien las siestas en general.

Dependiendo del niño en cuestión y de su grado de incombustibilidad, de la edad, del número de hermanos y/o aliados por tu malvivir con los que conviva, y por supuesto del grado de agotamiento y de la salud mental de la madre, unas cosas puntuarán más que otras. Pero hay unos básicos que nunca fallan en la vida de toda madre agotada:

1.- La falta de sueño. Desde que rompes agua hasta que lo casas, la falta de sueño es una constante en tu vida, con sus consecuentes ojeras nivel Premium de metro y medio de profundidad y tu falta de riesgo sanguíneo que te hace incapaz de seguir cualquier conversación adulta y, a veces, ni infantil. Primero será por los llantos, las tomas de leche a demanda y los cambios de pañales a las cuatro de la madrugada, luego los virus y las noches de toses y mocos sin fin, dando bandazos en camisón, pegándote cabezazos contra los quicios de las puertas, con el termómetro en una mano y el jeringazo de Apiretal en la otra, después el miedo a Maléfica y al malo de Spiderman, con el consecuente cambio de cama y ‘lisiamiento’ de espalda de por vida, que tres de cada cuatro días llegas a la oficina como Robocop pero con más mala leche, y cuando por fin los tienes criados y parece que todo va a ser roncar, llegan las noches de juerga con los amigos y tú en el sofá como tu madre, con una tila alpina inventándote historias de bandas criminales y palizas en callejones. Vida perra.

2.- Las enfermedades comunes. Cuando las madres decían aquello de ‘yo prefiero ponerme mala yo, que verte a ti mala’ no lo decían por bondad sino por egoísmo. Que una se pone mala, se mete su chute de Espidifen y antibiótico y a sobrevivir. Si por el contrario, es la nena la que se pone mala, habemus fiesta. Primero porque te da mucha penita verla enferma sobre todo si aún no habla y tienes que interpretar síntomas a lo David Copperfield, y empadronarte a las puertas del Materno dos semanas en plan madre hipocondríaca total y segundo porque aquí ya ni duerme, ni come, ni vive nadie. Nadieee.  

3.- Los ruidos varios. Nadie te lo avisa, pero los niños hacen mucho ruido. Mucho. Siempre. Y aunque parezca un tema baladí, no lo es. Ni mijita. Ya me lo contarás cuando lleves dos sobredosis de ibuprofeno en el cuerpo. Desde los llantos de gato salvaje de recién nacido, hasta los gritos de los dos años, las sintonías de la tele, las canciones del colegio, el tambor, la trompeta, los tacones del baile y las castañuelas, la radio karaoke de las princesas, las peleas, las pataletas, la flauta que le trajo tu abuela del pueblo… Contaminación acústica lo llaman.

 4.- Los deberes. Las que tengáis ahora un nene con cólico del lactante y creáis que no hay nada peor os equivocáis. De pleno. El maravilloso mundo de los deberes es el verdadero infierno de toda madre de bien. Sumas, restas, regletas, tangram y los temidos copiados son para dejarte calva a disgustos. ‘Ez que me duele la barrigaaa’, ‘es que tengo hambreee’, ‘ez que no tengo ganaz, anda porfa, cuando termine Zofía’, ‘Ez que me hago mucha caca, de verdad’, ‘ez que zon un rollo y no quierooo’ y así hasta dos millones de excusas y cuatro horas y media para hacer un copiado de tres líneas. Cuando lleguen las ecuaciones de segundo grado me apunto a la Legión.

5.- La ausencia del yo. Lo mejor es asumirlo. Repetid conmigo, nunca llevaré el pelo perfectamente planchado ni las uñas bien pintadas ni tendré una conversación coherente por teléfono con una amiga, ni tendré una barra de labios que me duré más de tres días antes de ser machacada contra el parqué… Porque intentar luchar contra los elementos y pintarte las uñas en la encimera de la cocina mientras Cigoto trepa para hacerse con el bote y comérselo y la pelirroja llora a tu lado porque quiere pintártelas ella porque ‘me zalen zuperbien de verdad, te lo estoy prometiendooo’ no es que sea agotador, es que es para que te dé un ictus.

PD. Este miércoles 22 de abril a las 19 horas presento y firmo mi libro 'Suegra no hay más que una... ¡Gracias a Dios!' en la FNAC de Málaga (en el CC Málaga Plaza) si os pilla cerquita y os apetece ¡¡¡pasaooooooos!!! Os estaré esperando, amores!!!!