domingo, 1 de mayo de 2016

Felicidades, mamá

Esta semana recuperamos este post para felicitar a todas las mamás del universo, que con su esfuerzo, su cariño, sus noches en vela, su agotamiento crónico, su sentido del humor y su entrega incondicional hacen de éste el trabajo más maravilloso del mundo. ¡Felicidades!

A las que les cambió la vida el mismo día en el que le salieron dos rayas al predictor. A las que se pasaron medio embarazo vomitando y el otro medio con ardores. A las que engordaron 20 kilos y no encontraban postura en la que vivir. A las que disfrutaron de las bondades de la epidural y a las que sufrieron una a una las contracciones de la muerte. 

A las que le entregaron un bebé al que no tenían muy claro cómo mantener con vida. A las que se emocionaron junto al pater cuando la habitación del hospital por fin se quedó vacía. A las que llenaron la casa de cachivaches que en realidad no servían para nada. A las que tenían miedo de no hacerlo bien. A las que cambiaron las noches de juerga por las noches de insomnio. 

A las que aprendieron a cambiar pañales a la velocidad del rayo. A las que dejó de importarles llevar la camisa con manchas de leche y otras sustancias innombrables. A las que llenaron el armario de peleles. A las que se metieron por primera vez en una cocina para hacer un vegetal. A las que aprendieron a hacer malabarismos para sobrellevar los cambios. A las que lloraron de desesperación y estrés. 

A las que se emocionaron en el espectáculo de Navidad del cole y rieron como locas viendo a sus polluelos bailar. A las que mandan vídeos de sus niños por whatssap. A las que cambiaron el TCM por Canal Disney. A las que perdieron la vergüenza y el ridículo para arrancar una sonrisa. A las que cantan a voz en grito por la calle. A las que cuentan mil cuentos cada noche. A las que llevan el bolso hasta arriba de envoltorios de chicles y restos de gusanitos. 

A las que han hecho de Caillou y Mickey nuevos miembros de la familia. A las que se inventan historias de princesas valientes a la entrada del médico. A las que cada noche sortean juguetes por el suelo y se hincan el mobiliario de la Casa de Minnie en la planta de los pies. A las que no disfrutan de un baño en solitario desde el 96 y se resignan a una ducha rodeada de muñecos de goma. 

A las que gritan como locas en plena calle para que los nenes no se acerquen a la carretera. A las que se despiertan en la noche para comprobar que siguen respirando. A las que tienen plaza fija en el pediatra. A las que se levantan veinte veces de la mesa para atender a la prole. A las que se emocionan cuando les abrazan unos bracitos rechonchos y les acarician unas manos pegajosas. A las que echan de menos la libertad y apenas pasan una noche fuera, gastan la batería del móvil.

A las que fueron escrupulosas y ahora no hay mejor manera de despertarlas que con un beso baboso. A las que se quejan de la mala vida maternal y planean cuándo buscar otro. A las que tienen la espalda destrozada y siguen jugando a los caballitos. A  las que organizan fiestas sorpresa de cumpleaños. A las que juegan al escondite pasados los 30. A las que se derriten con una mirada somnolienta y una sonrisa de dientes de leche. Y en definitiva a todas aquellas, que acumulan ojeras, estrés, mala vida y un montón de momentos maravillosos que son los que hacen que, efectivamente, todo este trajín merezca la pena.

¡Felicidades, mamás!

lunes, 25 de abril de 2016

Nido vacío y otras fantasías



Últimamente, así como no quiere la cosa, fantaseo a menudo con la jubilación. Que sí, que me queda una vida y que luego con la jubilación, te viene la osteoporosis, la artrosis y la pérdida de audición, pero para lo que hay que escuchar lo mismo me da y, además,  también te vienen los viajes de Imserso, los paseos por la playa y el tiempo libre para leer hasta que se te caigan los ojos, con la ilusión que me haría a mí leer algo que no fuera el prospecto del Dalsy o el libro de Pampito el payaso ochentero.

Así que ya no aspiro a un viaje en el tiempo hacia mis veinte años para dejarme las caderas al ritmo de Ricky Martin y beberme todo el garrafón disponible, que tampoco estaría mal, mire usted, pero ahora me conformo con mirar al futuro y fantasear con sacarme el carné de jubilado y empadronarme en el cine o en el teatro, pasear cual preanciana hippie, escribir una novela en una casa en la montaña y leer con mis gafas de aumento.

El pater dice que no me haga ilusiones, que seguro que los pelirrojos se convierten en procreadores opusinos y me llenan la casa de nietos ruidosos que no me van a dejar hacer de jubilada cultivada sino de madre postiza arrastrando un carro en mis días dorados. Y ya me he puesto a hiperventilar pensando en tener que interrumpir mis viajes a Benidorm porque los nietos empiezan el colegio y me toca ir con la pamela y el bronceado levantino a hablar con la tutora en un bucle del destino sin fin, mientras los pelirrojos se las dan de yuppies superocupados. Un despropósito muy grande.

También me dice el pater, al que le encanta fastidiar mis fantasías futuras, que seguro que aunque los pelirrojos no quisieran darse a la procreación y tenerme esclavizada de madre suplente, no voy a querer irme a un pueblo costero a escribir frente al mar sino que andaré con el síndrome del nido vacío, picándole al porterillo a los pelirrojos a la hora de la siesta para que me dejen achucharlos un rato aunque ya tenga bigote el uno y use wonderbra la otra.

Y yo me reía hasta que el otro día, después de un tiempo de haber dormido todos en mi cuarto como en un  piso patera, con las camas pegadas unas a otras como en una fiesta de pijamas, los pelirrojos volvieron a su cuarto. Y fíjense que estaba loca por echarlos y volver a la soledad conyugal libre de patadas en los costados, pero esa noche me dieron las tantas con los ojos como platos de no escuchar las respiraciones y ronquidos sincronizados y de no tener esa certeza de que todo va bien que te da el tenerlos literalmente encima, aplastándote los órganos vitales.

Total, que después de espiarlos de madrugada desde el quicio de la puerta cual psicópata de película de Antena3 o espectro de película japonesa, acabé por rendirme a la evidencia de madre majara masoquista y me colé entre sus camas ‘arrejuntadas’ a hincarme el caballo de la Barbie en una corva, llevarme dos millones de patadas en el bazo y maldormir entre respiraciones calentitas y complementos de los Pin y Pon.

Total, que ni Benidorm ni leches.

lunes, 18 de abril de 2016

Verdades como puños o, mejor, como puñetazos



Tener niños cerca es tener al enemigo en casa y no sólo por los trabajos forzados a los que te someten día y noche cual costurera de Bangladesh ni por el estrés que te inyectan en vena y que te dejan lanzando alaridos al viento como una Belén Esteban cualquiera, sino por el exceso de sinceridad que, por supuesto, nadie les ha pedido.

‘No, mamá, ahí no, más cerca de la ceja, justo en la raya esa que tienes como metida para dentro’. Y así fue como la mala pécora de mi hija me dejó claro que la arruguita de expresión del entrecejo no era una arruguita ni era de expresión, era una arruga de anciana con tal profundidad que bien podrían caberme dentro todos los papeles de Panamá. Y me lo soltó así, a las bravas después de todo lo que yo he hecho por ella.

Y por si fuera poco, otro día viendo el reality de las Kardashian –sí, lo veo en cuanto me dejan- me lamenté diciéndole al pater que en nada acabaría teniendo el megaculo de Kim, a lo que la pelirroja, tratando de ser amable, me explicó que aunque era parecido yo lo tenía más bonito porque ella lo tenía más para arriba y yo más para abajo y que como ella era más canija que yo, el culo se le notaba más y quedaba más feo. Y hasta sonrió pensando que había hecho la buena acción de la semana. A nada estuve de darla en adopción.

Luego está el primísimo, que adora a su madre y cree que es más guapa de Irina Shayk, pero la sinceridad la carga el diablo y el otro día cuando mi hermana se arreglaba para
darlo todo con las amigas y se colocó su minifalda de plumas, el entrometido del niño se agachó y clavándole los ojos en las rodillas le escupió a la cara ‘mamá, tienes las rodillas como para abajo’ y mi hermana, que la pobre no se había metido con nadie e incluso le había dicho al niño que era buenísimo al fútbol cuando es un paquete que no sabe ni cuál es su portería, envejeció otros cuarenta años de golpe.

Pero la mejor es una de mis ahijadas, que cada cierto tiempo, así por la cara y sin previo aviso, entra en bucle de llanto desconsolado porque su madre ‘es viejísima y ya mismo se va a morir’. Así, a caraperro. Y mi amiga que está de muy buen ver y recién acaba de abandonar la treintena, entra en una depresión severa. La otra de las mellis es menos pérfida y consuela a la hermana diciéndole ‘qué pesada eres, no ves que si se muere siempre te va a cuidar desde el cielo’ y se queda en la gloria, mientras mi comadre, ojiplática, busca clínicas de rejuvenecimiento para que vayamos en pandilla a que nos hagan precio.

Cría cuervos.